En la Iglesia de San Juan Bautista Tuxtepec no todo son cúpulas y jerarquías; el corazón late en las aulas de catecismo. Hoy, ese corazón se sintió apretado. A ocho días de que Monseñor José Alberto González Juárez deje su actual diócesis, el grupo de catequistas —la fuerza operativa de la fe— convirtió la Eucaristía en un tributo vivo al hombre que, según ellos, “supo ensuciarse los zapatos” con su comunidad.
El evento fue un adiós personal. Los catequistas, encabezados por figuras como María Rosales, lanzaron un mensaje que caló hondo en la audiencia, dando un cálido agradecimiento por un obispo que no se limitó a dar órdenes desde el altar, sino que “caminó” al lado del pueblo.
“Gracias, Señor, por habernos prestado a tu hijo. Se queda en nuestro corazón”, sentenció Rosales en un momento de quiebre emocional que resumió el sentir de la parroquia. La atmósfera durante la misa fue de una nostalgia anticipada.
Mientras Monseñor exhortaba a sus hermanos sacerdotes a no bajar la guardia y seguir trabajando por “el Reino de Dios”, en las bancas, el sentimiento era de orfandad espiritual. Fernanda Brito y Vilma Palacios, integrantes activas del grupo de catequistas, destacaron que el legado de José Alberto no se mide en documentos, sino en las “bendiciones y enseñanzas” que impregnó en quienes enseñan la doctrina a los más jóvenes.
Para ellas, la nueva encomienda del Obispo no es solo un cambio de sede, sino el desprendimiento de un maestro. Con el reloj marcando apenas una semana para su partida, la comunidad ha cerrado filas. La oración de los catequistas no es solo de despedida, sino una petición de “iluminación” para el nuevo destino del Obispo, dejando claro que, aunque el jerarca se mueva de territorio, el impacto de su cercanía ha dejado una marca difícil de borrar para quienes fueron su mano derecha en la evangelización.

