CDMX. – La farsa se cayó. La mentira que sostuvo al viejo régimen durante casi veinte años por fin fue escupida por su propio autor. Vicente Fox, el ranchero bocón que llevó a Los Pinos al nivel de una cantina, admitió en una entrevista reciente lo que todo México digno ya sabía: él metió la mano, operó y se aseguró de que Felipe Calderón se robara la elección de 2006.
Lo dijo sin pudor, como quien habla de una compra-venta de ganado. Para Fox, la Presidencia no es la representación del pueblo, no es soberanía, no es destino histórico. Es un negocio. Y como buen gerentillo, él tenía que decidir quién se quedaba con la caja registradora para que no se les fuera de las manos el changarro del PRIAN.
Por ello, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo lo puso en su lugar y con toda razón. Recordó lo que los neoliberales quisieron borrar: Fox intentó primero asesinar políticamente a Andrés Manuel López Obrador con el desafuero. ¿Por qué? Porque López Obrador en la Ciudad de México demostró que sí se puede gobernar para los pobres, para la gente, y eso les dio pánico a los patrones de Fox. La popularidad de López Obrador no se compraba con spots, se ganaba en la calle.
Como no pudieron con el desafuero, porque el pueblo salió a defenderlo, se fueron con todo en 2006. Ahí estuvo la guerra sucia pagada por los mismos de siempre, los del Consejo Coordinador Empresarial, con su asqueroso “López Obrador, un peligro para México”. Y luego, el fraude. El fraude más cínico de la historia moderna.
Medio punto porcentual. 250 mil votos de diferencia fabricada en lo oscurito. El Tribunal Electoral, de rodillas ante Fox y Calderón, se negó a contar voto por voto, casilla por casilla. Si se hubiera abierto todo, como exigía el pueblo, AMLO habría ganado por dos millones de votos.
Por eso quemaron las boletas. Las quemaron como delincuentes que queman la evidencia.