CAMPECHE, CAMP. Menos de 120 minutos bastaron para transformar la cotidianidad de la comunidad de San Antonio Bobolá en una pesadilla de lodo, pérdidas y desesperación. Las recientes lluvias y ráfagas de viento que azotaron la región el pasado lunes y miércoles desnudaron la vulnerabilidad de decenas de familias que hoy se encuentran sumidas en la incertidumbre.
El saldo es devastador: techos arrancados, cultivos destrozados, animales domésticos perdidos y viviendas inundadas configuran el calvario de un pueblo que siente que lo ha perdido todo y donde la ayuda gubernamental apenas llega a cuentagotas.
A la entrada de la comunidad, el panorama es desolador. El drama se ensañó con una familia de cinco integrantes cuya vivienda —compuesta por cinco cuartos de 4×4 metros— quedó prácticamente inhabitable; dos de las habitaciones perdieron por completo sus láminas, dejando colchones inservibles, ropa empapada y muebles de madera totalmente arruinados por el agua.
En las calles vecinas, la furia de la naturaleza no fue menor, árboles de plátano, zapote, mangos y papayas yacen quebrados sobre el suelo, mientras que motocicletas y bicicletas terminaron aplastadas bajo el peso de los troncos caídos, y los huertos, cocinas y gallineros comunitarios quedaron reducidos a escombros.
ECO DE TERROR SUME A FAMILIAS
Don Cristóbal Pérez, un adulto mayor que comparte un cuartito de 5×6 metros —junto a sus dos hermanos también ancianos, revivió el horror de ver cómo un árbol enorme aplastaba la moto de un pariente y la bicicleta de su sobrina, dejándolos además con los colchones inundados.
A unos metros, don Félix Alvarado contempla la fragilidad de su hogar de láminas y bloques de 4×4 metros en un terreno prestado por su hermana, agradeciendo de milagro la supervivencia de sus polluelos, mientras Irene Collí relata cómo el viento arrancó el techo de su cuarto, obligándola a resguardarse con sus hijos y su madre debajo de la cama mientras la barda de su propiedad cedía y quedaba de lado.
La tragedia se multiplica en cada esquina. Ciudadanos como Uriel Ríos, Claudia Santos y Ricardo Pérez coinciden en el dolor de ver sus refrigeradores, muebles y ropa flotando en el agua, con la única esperanza de recibir despensas para subsistir.
Asimismo, vecinos como Aurelio Vázquez se han visto obligados a tomar las herramientas para cortar los árboles de plátano que obstruyen los caminos; Elvira Collí lamenta cómo el viento dobló la pared del cuarto que usa su hijo cuando va de visita; Fabiola Aguirre llora la pérdida de su vivero; Eric Chan se ve forzado a hacinarse con su familia en el cuarto de su abuela; Gabriel Méndez evalúa el quebrando financiero de su huerto y Noemí Cámara narra el pánico de abrazar a sus tres hijos mientras su cocina y gallinero se despedazaban.