CDMX. El Partido Acción Nacional (PAN) acaba de demostrar, una vez más, que la lealtad en la política mexicana dura exactamente lo que dura el beneficio. Jorge Romero, dirigente nacional del PAN, se desmarcó con toda la frialdad del mundo de las declaraciones de Vicente Fox, el mismo hombre que lo llevó al poder y que ahora se atreve a confesar, en una entrevista con un medio español, que “él hizo que ganara” Felipe Calderón en 2006.
Romero no dudó: las palabras de Fox son “responsabilidad exclusiva” de quien las pronunció y no representan la postura del partido. Traducción: “Nosotros no fuimos, él solo se echó la soga al cuello”. El deslinde es tan brutal como calculado. El PAN intenta protegerse de la tormenta que se avecina, pero el daño ya está hecho.
Porque las declaraciones de Fox no son cualquier ocurrencia de un expresidente aburrido. Son la confirmación, desde la boca del principal protagonista, de lo que millones de mexicanos han sostenido durante casi dos décadas: que la elección de 2006 no fue limpia.
La diferencia mínima entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, las denuncias de intervención presidencial y las irregularidades del proceso vuelven a la mesa con el aval del propio Fox.
El PAN puede intentar distanciarse todo lo que quiera. Puede fingir que Fox ya no es de los suyos. Pero la historia no se borra con un comunicado. Fox fue el presidente panista, el que puso todo el aparato del Estado al servicio de la continuidad, el que hoy reconoce sin sonrojo que “hizo que ganara” Calderón. Y ahora su propio partido lo deja solo frente al pelotón.
Las palabras de Fox no solo reabren una herida histórica. Obligarán al PAN a explicarse una y otra vez por qué, si realmente creía en la pureza de aquella elección, ahora se apresura a deslindarse del hombre que la protagonizó. El deslinde de Romero no limpia nada: solo confirma que el fantasma de 2006 sigue vivo… y que el PAN prefiere sacrificar a su expresidente antes que enfrentar la verdad.