CDMX.- La herida es profunda y las cifras no mienten. Según el informe del Pew Research Center, en apenas diez años la proporción de católicos se desplomó al menos nueve puntos porcentuales en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, países que concentran cerca del 75 por ciento de la población latinoamericana.
En México el golpe es demoledor: del 81 por ciento al 67 por ciento. En Colombia la caída es aún más brutal, del 79 por ciento al 60 por ciento.
Mientras, en Brasil y Chile el catolicismo ya no es mayoría absoluta: apenas 46 por ciento en ambos casos. Lo más alarmante no es solo quiénes se van, sino hacia dónde se dirigen.
El protestantismo se mantiene relativamente estable. El sector que explota es el de quienes no se identifican con ninguna religión: ateos, agnósticos o, simplemente, “nada en particular”. En México este grupo se triplicó y ya alcanza el 20 por ciento. No se trata de un ateísmo militante ni de una guerra ideológica declarada. Es un alejamiento silencioso, un Dios privado, sin comunidad, sin ritos compartidos y, sobre todo, sin una moral pública que oriente la vida en común.
Hemos comenzado a perder la fe no solo como práctica, sino como horizonte de sentido. Poco a poco nos hemos alejado de valores que el catolicismo ayudó a sembrar en el continente: la dignidad incondicional de la persona, el respeto a la vida, la primacía de la familia, la solidaridad, el perdón como camino y la idea de que la existencia no se reduce al éxito o al consumo.
Cuando esos valores dejan de ser compartidos, no desaparecen de un día para otro: se diluyen y quedan como preferencias individuales, opcionales o negociables según el momento.
En una región marcada por la violencia, la desigualdad y la desconfianza institucional, este alejamiento tiene consecuencias concretas: menos capacidad de construir fraternidad, más espacio para el individualismo depredador y menos herramientas para sostener la esperanza cuando todo parece desmoronarse.
El mismo informe de Pew revela una paradoja dolorosa: la creencia en Dios sigue alta en toda la región (entre el 89 por ciento y el 98 por ciento según el país). Estamos ante una desinstitucionalización de la fe. La gente sigue buscando trascendencia, pero ya no la encuentra en la Iglesia.