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23 octubre, 2026

MUERTE

Campeche

HASTA DE LA MUERTE HAY QUE CUIDARLOS

CAMPECHE, CAMP. “Tengo que contar los huesos cada año para saber que mi hijo está completo”. Con esa frase, cargada de amor, pero desgarrada por la desconfianza, Doña Socorro Can inicia el ritual del Choo Ba’ak en el cementerio de Pomuch. Mientras la tradición maya llama a la veneración de las ánimas antes del Día de Muertos, para esta madre la limpieza de restos se ha convertido en una guardia permanente, ante la ola de saqueos que azota al panteón y la nula vigilancia, contar la osamenta de su hijo Ismael es la única forma de garantizar que nadie profane su memoria.

Para proteger lo más sagrado que le queda, tuvo que desembolsar alrededor de 3 mil pesos para construir un nicho de cemento, reforzado con enrejado y candado. La falta de seguridad en el recinto la obliga a visitar el cementerio cada mes junto a su otro hijo, sin esperar a las festividades de noviembre. Sabe que las autoridades ignoran los reportes de robo y que la policía jamás acude al lugar, dejándolos a la suerte de quienes profanan tumbas sin que nadie comprenda para qué o por qué saquean a los difuntos.

Lejos de una revisión anatómica, su inventario es un acto de pura devoción materna. Doña Socorro repasa con la mirada y las manos alrededor de 60 piezas principales —las que sobreviven al paso del tiempo—, desde el cráneo y la mandíbula, pasando por fémures, tibias y húmeros, hasta el bloque firme de costillas y vértebras. Ella sabe que un cuerpo humano tiene más de doscientos huesos, pero le basta confirmar que esas 60 piezas fundamentales estén intactas para respirar tranquila y saber que ninguna mano extraña ha tocado a su hijo.

AMOR DE MADRE

Durante más de una hora, el tiempo se detiene dentro del pequeño nicho. Con la delicadeza de quien arrulla a un recién nacido, Doña Socorro toma una prenda que perteneció a su hijo en vida y retira el polvo acumulado de cada hueso. Tras limpiar minuciosamente la caja de madera y desalojar cualquier insecto, retira el paño viejo, guarda el polvo residual en una pequeña bolsa y envuelve los restos en un pañuelo nuevo, pintado a mano con pájaros multicolores que compró especialmente para la ocasión, guardando incluso los restos de cabello en una funda limpia.

Ella prefiere realizar este homenaje íntimo semanas antes de las fechas grandes, madrugando para ganarle al tumulto y esquivar los pasillos apretados del panteón.

En la soledad de la mañana, entre el aroma al cal y el paño recién pintado, la madre no solo cumple con una tradición ancestral, sino con una promesa de protección.

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Lamenta con amargura que “gente sin oficio venga a molestar a los muertitos”, pero prefiere apartar la rabia de su mente para concentrarse en lo único que le importa “acariciar la memoria de su hijo”.

VOLVERÁ EN UN AÑO

Al final, cuando el candado del nicho vuelve a cerrarse, Doña Socorro suspira con la efímera paz de haberlo encontrado completo una vez más. Su historia sintetiza el contraste del Pomuch actual, una tradición prehispánica de amor profundo que se resiste a morir, pero que hoy debe defenderse detrás de barrotes de fierro y candados comprados por las propias familias ante el abandono de las autoridades.

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