CAMPECHE, CAMP. Bajo el sol que pega de frente al Palacio, el jaguar por fin se quedó quieto. No es feroz, no es tierno. Tiene la mirada que la mandataria Layda Sansores pidió durante meses en el taller del escultor: ojos agresivos, pero no malditos. De bronce, de selva y viento, como dice la placa. Fue así la develación de la escultura de 5 metros que ahora custodiará la Plaza de la República. Lo develaron donde todo pasó.
En la misma plaza que en 1997 fue casa, comedor y trinchera. Ahí, donde 500 personas durmieron nueve meses entre lonas y palitos que con el tiempo se volvieron cuartos con balcón. Donde, contaron ayer, se cantaba a las cinco de la tarde después de rezar.
Ese es el hilo que la mandataria quiso tejer. Que el jaguar del mundo maya, el guardián sigiloso que protege la vida, es el mismo que un día despertó en los campechanos. No por un partido, dijo, sino por indignación. Por unos camiones con boletas. Por la necesidad de abrir nuevos surcos.
GUARDIÁN DE LA SELVA, GUARDIÁN DE TODOS
Y en esos surcos, recordó, es don de cupo todo lo que antes no cabía. Lo dijo sin leer, antes las semillas eran de un solo color, el del PRI. Hoy caben todos los colores del maíz. Antes, dijo, las reuniones de la diversidad se hacían a escondidas porque llegaba la policía. Hoy, “que abran los armarios, que digan lo que quieran”.
Por eso ayer no eran solo funcionarios alrededor del jaguar. Eran los que se hacen llamar Guerreros del 97, los que sobrevivieron. Hombres y mujeres que se abrazaban como si no se hubieran visto en años, que le cambiaban la letra a las canciones para cantarle sus verdades al poder.
“Cada vez que lo recordamos, lo volvemos a vivir”, dijo una de ellas. El escultor, Alejandro Velasco Mancera, el Pájaro Tox, escuchaba apenado los agradecimientos. Contó Layda que Laurita, de Cultura, se metió hasta el taller con Valeria para revisar cada mancha de la piel, para que no pareciera “aguacate” o “bronquitis”. Querían que fuera majestuoso y lo lograron.
Al final, la gobernadora leyó la frasecita que llevaba guardada: “Mientras el jaguar custodie esta tierra, la memoria de nuestros ancestros seguirá caminando entre nosotros. En él vive el alma de nuestros pueblos. Quien honra al jaguar, honra la vida”.
Y a eso le agregó de su cosecha, quien honra al jaguar, honra a los valientes del 97. El bronce quedó ahí, frente al palacio, para que cuando pasen sus hijos y los hijos de sus hijos, sepan que hubo un pueblo que un día dejó de aguantar y se puso de pie.