Enderecen los senderos del Señor

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Evangelio según san Mateos: 1,1-8

Éste es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: "Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos".

En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de conversión, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: "Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo".

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

 

MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ
Obispo de Tabasco
cancilleria@diocesistabasco.org.mx

La figura de Juan el Bautista es una de las figuras más significativas del Adviento, tal como podemos leer en los evangelios de este domingo y del siguiente. Si, como hemos dicho, el Adviento es tiempo de preparación y penitencia, Juan el Bautista, el Precursor, predicaba con la palabra y con el ejemplo una penitencia y una preparación que terminara en la conversión y en el bautismo. Él mismo era una persona convertida, que se había retirado al desierto para prepararse al encuentro con el Señor que iba a venir y del que él no era digno ni de desatarle las correas de las sandalias.

La preparación de Juan el Bautista se manifestaba en unas virtudes que eran, y siguen siendo para nosotros, fundamentales en nuestra vida cristiana. La sobriedad en el comer y en el vestir. ¡Cuánto dinero inútil gastamos muchos de nosotros en comprar vestidos que no necesitamos y en comer más, o más caro, de lo que pudiéramos y debiéramos! En las sociedades más avanzadas, los roperos individuales están llenos de ropa que no necesitamos, y casi un tercio de la comida que se hace termina en los basureros, cuando existen millones de personas que no tienen la comida necesaria para vivir con dignidad.

Otra verdad destacadísima de Juan el Bautista fue la humildad. No quiso nunca parecer el primero, porque sabía que no era. La soberbia humana es la madre de la avaricia y de muchos males de nuestra sociedad. Por pura soberbia humana pretendemos aparecer lo que no somos, humillamos al prójimo, y desencadenamos conflictos y problemas muchas veces dificilísimos después de resolver pacíficamente. A ejemplo de Juan el Bautista, en este segundo domingo de Adviento debemos nosotros fortalecer nuestro propósito de conversión, siendo sobrios en el comer y en el vestir, y siendo humildes, generosos y solidarios con las personas más pobres y desafortunadas que nosotros. Así nos prepararemos para recibir el bautismo de Jesús, el bautismo del Espíritu Santo, un bautismo que debe ser un nuevo nacimiento, dando muerte al hombre viejo y carnal que hay en nosotros y viviendo en comunión con Cristo, como criaturas nuevas y espirituales. Esto es prepararse dignamente para la Navidad.

También el profeta Isaías, como vemos en estos días, es una figura distinguida en el Adviento, en nuestro caminar hacia Dios. Y es que, durante todo el año, pero de manera muy especial en esta actitud de espera del Redentor, debemos prepararnos para nuestro encuentro con el Señor, nuestro Dios. Debemos levantar los valles, es decir, no dejarnos vencer por nuestras cobardías y debilidades, levantar el ánimo; debemos abajar los montes y colinas, es decir, rebajar nuestra soberbia y vanidad; enderezar lo torcido e igualar lo escabroso, corregir nuestros desvíos sentimentales y pasionales, quitar las piedras emocionales y de comportamiento que dificultan nuestro caminar hacia Dios.

Sabemos que en todo esto nos dio buen ejemplo el Señor Jesús, nacido en la pobreza de Belén, y señalándonos después con su vida cuál debe ser nuestro verdadero camino de vida. Jesús, como un buen pastor, nos alimenta con su propia carne y sangre en la eucaristía, nos cuida, nos dirige y nos protege de todo mal. Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en la que habite la justicia. Tiene razón san Pedro, en lo que aquí dice: el Señor es eterno, mil años no son nada comparados con la eternidad. Lo que pasa es que nosotros somos temporales y efímeros, y cada día, para nosotros, es un mundo, y creemos y queremos que las cosas se arreglen en un día. Aprendamos a mirar las cosas desde la eternidad de Dios y esperemos y creamos que las promesas de Cristo se cumplirán. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, donde nosotros viviremos, aunque no sabemos cuándo.

También para nosotros, como lo era para san Pedro, el Adviento, la espera de la venida definitiva de Cristo, es un tiempo de esperanza. La esperanza cristiana debe mantener y fortalecer cada día nuestro caminar por esta vida. Sin esperanza, la vida cristiana se derrumba; es necesario que mantengamos siempre viva y activa nuestra esperanza. La esperanza nos salva. Y que el Señor nos muestre su misericordia y nos dé su salvación, como nos dice el salmo 84. Paciencia y esperanza, nos recomienda la Palabra de Dios hoy. Son dos virtudes que se necesitan mutuamente, y mutuamente se engendran y se sostienen. La paciencia es impensable sin una esperanza en el horizonte. La salvación ya está aquí, "está ya cerca de sus fieles", nos dice el salmo de este domingo. La esperanza alegra y dinamiza la paciencia, llevándola hasta límites insospechados.

Dios, por ejemplo, “tiene mucha paciencia con nosotros”, porque espera “que nadie perezca”. Tengamos también paciencia nosotros, sin límites, y crezca nuestra esperanza también sin límites hasta que consigamos “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”. Esta feliz expresión recoge todos nuestros sueños y utopías. ¡Cómo añoramos este mundo, la verdadera tierra prometida! Asumamos este mensaje: “esperanza”. El tiempo no importa -un día o mil años-, lo que importa es la intensidad y la calidad: esperemos confiando en “la promesa del Señor”, esperemos con “una vida santa y piadosa”, esperemos siendo “inmaculados e irreprochables”. La misericordia de Dios y la fidelidad del hombre se encuentran, asegura el salmo de hoy. Dios sigue viniendo hoy, a pesar de todo. Nos pide que colaboremos con Él: "preparen un camino al Señor…. que las colinas se abajen…”

Resulta sorprendente que el “evangelio de Jesucristo” comience con las obras y palabras del Precursor. La razón es que en el Bautista han ido a parar todas las palabras y promesas del Antiguo Testamento, que ahora alcanzarán en Jesucristo su última expresión y su cumplimiento. Hay una coherencia entre lo que dice Juan y lo que hace, entre su mensaje y su vida. Aparece en el desierto llevando una vida nada convencional; aparece solo frente a todo el pueblo. Así es el profeta. Abajar las colinas es limitar nuestro orgullo y amor propio y pensar primero en los demás. Juan llama a penitencia, que quiere decir cambio de la mente y del corazón, del hombre y de su contorno cultural. El que hace penitencia se sumerge en el futuro de Dios, que está viniendo, y deja atrás un hombre viejo y un mundo viejo. Esto es lo que simbolizaba el bautismo de Juan.