MÉXICO- En una esquina discreta del Centro Histórico de Xochimilco, en la Ciudad de México, donde la calle Violeta se encuentra con Francisco I. Madero, se esconde una capilla que no grita su presencia. La de Santa Crucita —o Santa Cruz Analco— parece un susurro de piedra entre el trajín de trajineras y el olor a cempasúchil.
Tiene más de 330 años. Fue levantada en 1687 por frailes franciscanos sobre un antiguo ojo de agua donde los antiguos pobladores veneraban a sus deidades.
Dentro, el silencio se vuelve denso. A pocos metros del altar brota todavía el manantial. En 2017, cuando el terremoto dejó a miles sin agua, este chorrito subterráneo abasteció a más de cinco mil personas durante semanas. Hoy sigue ahí, quieto, como si guardara memoria de todos los que han bebido de él.
Pero el verdadero secreto está colgado o recostado en la penumbra: un Cristo articulado, elaborado con pasta de caña de maíz —técnica indígena—, que lleva costillas y dientes humanos de verdad.
Su rostro no es europeo. Tiene la barbilla, los ojos, la estatura y los rasgos de los habitantes originarios de esta tierra lacustre. Los vecinos lo llaman el Divino Redentor. Dicen que es único en América Latina.