MÉXICO.- Desde las once de la mañana el centro histórico se pintó de verde. No era un verde cualquiera: era el verde esperanza, el verde que suela, el verde que une. Mexicanos de todos los barrios y extranjeros con la playera del Tri al hombro llegaron en oleadas al Zócalo y al Ángel de la Independencia.
Hoy no había chairos, ni fifís, ni liberales, ni conservadores. Solo mexicanos. Y todos, absolutamente todos, con el corazón tricolor.
Bajo un sol que castigaba sin piedad, los vendedores ambulantes se multiplicaron como hormigas. “¡Playera oficial a 120 varos, carnal! ¡Llévatela, que hoy sí pasa!”, gritaban mientras agitaban las camisetas piratas aún con olor a tinta fresca.
Uno de ellos, un señor de unos cincuenta años al que todos llamaban “El Chino”, confesaba entre risas a sus compañeros:
—“Si pierde la Selección me quedo con todo el playerío… pero si vendo todas, hoy duermo en cama de billetes, mi rey”.
Gorras, sombreros charros con el águila bordada, banderas que ondeaban como capotes de torero y hasta plásticos azules para las inevitables lluvias de la tarde.
Todo se vendía, todo se compraba. La fe también tiene precio de ganga en las calles de México.