CAMPECHE, CAMP. La escena se repite cada diciembre en los caminos de Campeche: grupos enteros corriendo, pedaleando o caminando rumbo a los santuarios guadalupanos. Pero detrás del colorido y la devoción que uno esperaría, aparece un dato incómodo que pone en jaque a toda esa tradición. Hoy muchos peregrinan sin saber por qué. Y en ese vacío de sentido se están incubando los accidentes que cada año enlutan estas rutas.
La hermana Roberta Chablé Pérez, misionera del Sagrado Corazón de Jesús en una congregación en la colonia Polvorín, recordó que, según la tradición, Juan Diego fue el primer peregrino. Aquel indígena que subió y bajó el cerro en 1531, una y otra vez, cargando un mensaje, enfrentando la incredulidad y regresando sin rendirse.
Esa historia de esfuerzo, camino y fe, explica, es el molde original que durante siglos inspiró a miles. Pero ese molde parece estar resquebrajándose. Con franqueza inquietante, asegura que muchos jóvenes y adultos “solo imitan” a sus familias o amigos, repitiendo gestos heredados, corriendo porque todos corren y pedaleando porque todos pedalearon antes, sin detenerse a pensar qué significado tiene.
Ese peregrinar sin brújula, continúa la hermana Roberta, no solo descafeína la tradición, también abre la puerta a los accidentes. Sin un propósito espiritual claro, tampoco hay quién se encomiende, ni quién se prepare. Se lanzan a la carretera sin chalecos reflejantes, sin señalizaciones en motos o bicicletas, sin un compañero que vigile la retaguardia, sin atención a las recomendaciones básicas de protección.
Y en un estado donde las rutas guadalupanas se activan de madrugada, con lluvias sorpresivas y tráfico pesado, esa mezcla equivale a caminar sobre una cornisa. La pregunta que queda flotando en el aire es incómoda, pero necesaria: ¿qué queda de una tradición cuando se conserva la forma, pero se pierde el fondo?
En la voz de la hermana Roberta, la preocupación no suena a regaño, sino a advertencia. Si la fe ya casi no se fomenta y la tradición se sigue por inercia, el riesgo en las carreteras no es un accidente aislado, sino una consecuencia anunciada. Retomar el sentido original —ese viaje interno que imitó Juan Diego— podría ser la diferencia entre una peregrinación viva y una procesión que cada año suma heridos.

