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3 octubre, 2026

REBOZOS

Campeche

ENTRE REBOZOS Y PALIACATES

CAMPECHE, CAMP. Pese al mal tiempo y leves lloviznas en la capital, en la calle 59 nadie soltó el abanico ni detuvo el paso. Este viernes a las 5:00 de la tarde, la vieja Puerta de Tierra dejó de ser un monumento silente para convertirse en la garganta abierta de una ciudad que decidió salir a taconear bajo la lluvia. La Caminata Campechana 2026 arrancó con el olor a tierra mojada pegado a la brisa y con miles de personas listas para demostrar que la fiesta no se suspende por un mal clima.

El trayecto fue una fiesta para los sentidos. Al cruzar hacia la Puerta del Mar y morder la calle 8, el adoquín húmedo reflejaba un mar de faldas moradas, verdes, azules y rosados encendidos que giraban sin freno. Se olía el perfume de las flores prendidas a las trenzas, el roce fresco de las telas de los rebozos y la humedad de la tarde fundida con el sudor de quienes no dejaron de sonreír ni un solo segundo.

Los hombres, impecables con su pantalón negro y guayabera o camisa blanca, le pusieron el contrapunto al bullicio azotando paliacates al aire. El sonido era puro ritmo: el impacto seco de los tacones sobre la piedra mojada, las risas contagiosas y ese grito colectivo que estalló en cuanto retumbaron los primeros acordes de “Éste es Campeche, señores, la tierra del pregonero”. La música no solo tapó el rumor del viento; hizo vibrar los pechos de la gente que miraba desde las aceras.

En los barrios tradicionales, la fiesta se vivió desde la intimidad de las fachadas. Los vecinos abrieron las puertas de par en par y se asomaron a las ventanas de madera para ser parte del jolgorio. En las manos de los abuelos y niños que miraban pasar el contingente no había celulares, sino adornos coloridos que rescataban los juegos tradicionales de la tierra, regalando una estampa viva que cruzó entre contingentes escolares, familias enteras y miradas curiosas.

Aunque en el contingente marcharon autoridades y representantes de distintas dependencias, la calle tuvo un solo dueño: el orgullo de la gente común. Nadie prestó mucha atención a los discursos ni a las fotos oficiales; los aplausos se los llevaron las bailarinas que terminaron con las faldas empapadas y los músicos que mantuvieron el aliento en alto mientras el agua les caía sobre los hombros.

Al final, la caminata dejó en claro que la campechanidad no necesita de días soleados para brillar. Entre el viento fresco de la tarde, el crujido de las telas, los colores chillantes y el calor de una multitud que no le tuvo miedo al agua, Campeche volvió a dejar la piel en la calle para recordar exactamente de dónde viene y cómo se celebra la vida aquí.

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