MÉXICO.- La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo volvió a demostrar por qué México necesita liderazgo con carácter. Frente a la contradicción y la falta de transparencia del director del Infonavit, Octavio Romero Oropeza, no dudó en actuar con firmeza y claridad.
Cabe destacar que, Romero había asegurado que su declaración patrimonial ya estaba actualizada y disponible en la página del instituto. Sin embargo, el Comité de Transparencia del Infonavit la reservó.
Esa discrepancia no pasó desapercibida. La presidenta lo señaló directamente y, con la autoridad que le da el cargo y la coherencia ética, exigió lo evidente: que todos los servidores públicos, sin excepción, hagan públicas sus declaraciones patrimoniales.
Sheinbaum no se limitó a criticar. Ordenó a Romero que publique de inmediato su declaración en el portal del Infonavit “para que no haya dudas” y anunció que se modificará la norma interna que permitía mantener esos documentos bajo reserva. Es decir, no solo corrigió una opacidad puntual: eliminó el amparo normativo que la hacía posible.
Este episodio no es menor. En un país que ha padecido durante décadas la cultura del secreto y la impunidad, la Presidenta envía un mensaje inequívoco: la transparencia no es negociable, ni siquiera para los funcionarios cercanos o de alto rango. Mientras algunos se resguardan detrás de reglamentos internos y declaraciones a medias, Claudia Sheinbaum impone la regla de oro de la rendición de cuentas.
Octavio Romero queda expuesto. Primero por la inconsistencia entre lo que dijo y lo que el Comité de Transparencia resolvió, y después por tener que ser llamado a cuentas por la propia Presidenta. La ciudadanía no necesita excusas ni reservas; necesita claridad. Y Sheinbaum lo entendió a la perfección.
Así se gobierna con autoridad moral: exigiendo lo mismo a todos, empezando por quienes ocupan cargos de responsabilidad. México avanza cuando la opacidad se confronta y se desmantela. La Presidenta acaba de dar otra lección de coherencia.