NUNKINÍ.- La quema de “La Mestiza” se mantiene como uno de los pilares espirituales y culturales más profundos de la región, una tradición que entrelaza la historia de la salud pública con la fe inquebrantable de sus habitantes. De acuerdo con el testimonio de Nayeli Alejandra Hasso, participante activa de este año, el origen del ritual se remonta a una época oscura en la que el pueblo fue azotado por un brote de viruela negra. La leyenda local sostiene que la destrucción del muñeco simboliza el fin de la peste, marcando un antes y un después en la supervivencia de la comunidad frente a las adversidades climáticas y sanitarias.
El simbolismo de este personaje va más allá de la destrucción por fuego, pues cada explosión de los fuegos pirotécnicos que la componen representa la expulsión definitiva del mal. Para los lugareños, el momento en que la estructura “revienta” no es solo un espectáculo visual, sino un acto místico de purificación colectiva. Esta narrativa se ha transmitido de generación en generación, consolidando la idea de que la figura de la mestiza absorbe las penurias y enfermedades que aquejan a las familias, permitiendo un renacer espiritual y físico para todos los presentes en la ceremonia.
Uno de los aspectos más singulares de esta tradición es el poder curativo atribuido a los accesorios y prendas que visten al personaje. Los asistentes suelen recoger restos de la vestimenta, como aretes o fragmentos del ajuar, bajo la firme creencia de que poseen propiedades milagrosas. Según la tradición oral, frotar estas piezas sobre el cuerpo de una persona enferma o con fiebre tiene el poder de transferir el malestar al objeto y eliminar la dolencia, reforzando el carácter sagrado y protector que la comunidad le otorga a la figura.
Para la familia Hasso, la participación en este evento durante el presente año no es un acto fortuito, sino una manifestación de profunda gratitud por las bendiciones recibidas. Nayeli Alejandra destaca que, más allá de la obligación religiosa, este acto es un reconocimiento al bienestar económico y personal que han gozado gracias a la intercesión de la figura y de San Diego de Alcalá. “Nos ha ido muy bien y no me puedo quejar”, señala, subrayando que cualquier familia puede sumarse a esta práctica, ya sea por una promesa específica o simplemente por el deseo de agradecer los favores otorgados.
La preparación de “La Mestiza” es un esfuerzo comunitario coordinado por los socios de la agrupación, quienes se encargan de armar el cuerpo completo del muñeco. En esta ocasión, la vestimenta, que incluye el sombrero y accesorios principales, fue donada íntegramente por la familia de Nayeli, mientras que otros elementos decorativos fueron aportados por vecinos del pueblo en cumplimiento de sus propios mandatos de fe. Esta colaboración ciudadana convierte al objeto en un mosaico de agradecimientos y esperanzas compartidas por toda la población.
El ritual culmina con una solemne procesión que recorre las calles principales hasta desembocar en el corazón de la comunidad. Durante el trayecto, los habitantes se suman al contingente, creando una atmósfera de unidad y fervor que precede al acto final en el centro del pueblo. Es en este espacio público donde la figura es consumida por el fuego ante la mirada de cientos de espectadores, quienes ven en las llamas la renovación de sus votos y la protección continua contra cualquier amenaza que pueda acechar la tranquilidad de sus hogares.
Esta celebración reafirma la identidad cultural de un pueblo que se niega a olvidar sus raíces y que encuentra en sus santos patronos el consuelo necesario para enfrentar el futuro. La quema de “La Mestiza” no es solo un recuerdo de la victoria sobre la viruela negra, sino un testimonio vivo de cómo la organización social y la devoción pueden sostener el tejido de una comunidad. Al concluir la jornada, los participantes regresan a sus casas con la certeza de que, un año más, la tradición ha cumplido su propósito de sanar y unir a su gente.

