NUNKINÍ, CALKINÍ.– El fervor religioso y la herencia maya se entrelazaron este domingo en la localidad de Nunkiní, donde miles de feligreses y visitantes se congregaron para presenciar el acto culminante de las festividades en honor a San Diego de Alcalá. Tras días de peregrinaje por los diversos barrios de la comunidad, la figura del “Caballero de Fuego”, acompañado este año por su contraparte femenina, fue entregada a las llamas en un espectáculo de pólvora y fe que paralizó el corazón del Camino Real.
La jornada inició desde las primeras horas de la mañana con el repique de las campanas de la parroquia local, anunciando la salida de la imagen de San Diego de Alcalá. La procesión, que recorrió las principales calles del poblado, estuvo marcada por cánticos, el estallido de voladores y el aroma del incienso, mientras los fieles acompañaban al santo patrono en un ambiente de profunda gratitud por los favores recibidos durante el último año.
A la vanguardia del contingente, el monigote bautizado como “Juan Asincrito” y la “Dama de Fuego” atrajeron todas las miradas. Estas efigies, elaboradas artesanalmente con madera de chimay, bejucos y revestidas con pólvora, no son simples figuras de cartón, sino que representan la personificación de las enfermedades y males que alguna vez asolaron la región, como la viruela negra y el cólera.
El ritual del Caballero de Fuego, o Dzuli Ka’ak, tiene sus raíces en el siglo XVII, cuando los habitantes de Nunkiní imploraron la intervención de San Diego de Alcalá para erradicar una epidemia mortal. La promesa consistía en incinerar un muñeco que representara al extranjero, a quien se le atribuía la llegada del mal, como un acto de limpieza espiritual que, según la tradición oral, logró detener la mortandad en aquel entonces.
Desde la década de los noventa, a esta tradición se sumó la X’naan K’aak’ o Dama de Fuego, una figura vestida de mestiza que acompaña al Caballero en su último recorrido. Juntos simbolizan la dualidad y la protección de la comunidad frente a nuevas adversidades, manteniendo viva una costumbre que ha pasado de generación en generación gracias al arduo trabajo de la Sociedad del Caballero de Fuego y los artesanos locales.
Al llegar al parque principal tras concluir la procesión religiosa, la atmósfera se cargó de adrenalina. Bajo la atenta mirada de los socios encargados de la seguridad, se procedió al encendido de las hileras de petardos que envuelven los cuerpos de los muñecos. El estruendo de la pólvora y las llamaradas iluminaron el rostro de los asistentes, quienes veían en el fuego la consumación de una fe inquebrantable.
Uno de los momentos más singulares de esta tradición ocurrió instantes después de que las llamas consumieran la estructura principal. Como dicta la costumbre, decenas de personas se lanzaron a recoger los restos de ropa, zapatos y cenizas que sobrevivieron a la explosión. Para los habitantes de Nunkiní, estos fragmentos poseen propiedades milagrosas y son conservados en los hogares como medicina tradicional o amuletos de protección.
Don Emigdio Ac Naal, uno de los veteranos responsables de la organización, explicó que la preparación de estas figuras toma semanas de trabajo comunitario. Desde la recolección del bejuco en el monte hasta el dibujo a mano de las facciones del Caballero, cada detalle es una ofrenda. Las prendas que visten los muñecos son donaciones de familias que realizan un “cambio” o promesa por la salud de algún ser querido.
La festividad de este año destacó por la gran afluencia de turistas nacionales y extranjeros, atraídos por el misticismo de una de las pocas ceremonias en México donde la pirotecnia y la religión convergen de forma tan estrecha con la historia epidemiológica de un pueblo. Las autoridades locales reportaron un saldo blanco durante la quema, destacando la organización de los gremios que mantienen el orden en el evento.
Con el humo disipándose y el santo regresando a su nicho en la parroquia, Nunkiní cierra un ciclo más de devoción. La quema del Caballero y la Dama de Fuego no es solo el fin de una feria, sino la reafirmación de una identidad cultural que se niega a morir, asegurando que mientras el fuego arda en la plaza, la salud y la prosperidad seguirán bendiciendo a las tierras de Calkiní.

