CAMPECHE.- Mientras las campanas de las iglesias coloniales repican y las procesiones recorren las calles empedradas de la ciudad amurallada, en los pueblos mayas del interior de Campeche la Semana Santa se vive de una forma profunda, viva y única: No solo como el recuerdo de la Pasión de Cristo, sino como un diálogo milenario entre la fe católica y la cosmovisión maya ancestral.
Aquí la cruz no llega sola. Llega acompañada del respeto al monte, al agua y a los ciclos de la vida, explica Don Eliseo Kantún, guía espiritual y maya de la comunidad de Pomuch, quien ha participado durante más de 30 años en las celebraciones de Semana Santa: “Para nosotros no es solo la muerte de Jesucristo. Es también el momento en que recordamos que todo sacrificio trae renovación.
Igual que nuestros abuelos ofrecían al Chaac para que lloviera y la milpa naciera, hoy cargamos la cruz y pedimos que la vida continúe. Es la misma idea: dar algo para que algo grande nazca”.
En comunidades como Hopelchén, Calkiní, Hecelchakán y Pomuch, el Viacrucis se entreteje con rituales de purificación ancestrales. Los penitentes que cargan la cruz (conocido localmente como Kuuch Kruus) caminan descalzos o con cruces pesadas durante kilómetros, uniendo el dolor cristiano con la antigua concepción maya del sufrimiento como ofrenda necesaria para mantener el equilibrio con la naturaleza.
Cabe destacar que, el Sábado de Gloria coincide frecuentemente con el encendido del Fuego Nuevo, un rito maya de renovación del ciclo solar que hoy se fusiona con la Resurrección. El humo del fuego bendecido se lleva a las casas para purificarlas, exactamente como lo hacían sus abuelos mucho antes de la llegada de los españoles.
La gastronomía también habla de este encuentro sagrado: el maíz —considerado por los mayas como la carne de los dioses— se prepara en formas que honran tanto a Cristo como a los antiguos señores del inframundo.
Los textiles y bordados con motivos mayas usados en las procesiones llevan símbolos que remiten tanto a la Pasión como a leyendas prehispánicas de sacrificio y redención.
Don Eliseo Kantún resume con sencillez el sentimiento de su pueblo: “Aquí no hay contradicción. Jesús es hijo de Dios, pero también entendemos que su sacrificio es como el del maíz que muere para que nosotros vivamos. Es la misma enseñanza”.
Mientras en las ciudades grandes la Semana Santa se vuelve cada vez más turística y espectacular, en los pueblos mayas de Campeche sigue siendo un acto íntimo, comunitario y profundamente espiritual. Es la fe de un pueblo que nunca dejó de dialogar con sus ancestros.

