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21 marzo, 2026

FLAMENCOS
TITULO: "Pasarela de Plumas". FOTOGRAFÍA: Héctor Willian Canto Sunza. LUGAR: Isla Aguada, Ciudad del Carmen.

Campeche

EL ROSA QUE ANIDA EN EL LODO

FLAMENCOS ESTÁN A 12 KM DE ISLA AGUADA

CAMPECHE.- A unos 12 kilómetros de Isla Aguada, donde el mar de Campeche se funde con la tierra salada, Punta Molón ha cambiado de color. No es el azul turquesa de las olas ni el verde oscuro del manglar: Es un rosa vivo, casi irreal, que se mueve despacio entre charcos de agua turbia y planicies de lodo agrietado por el sol implacable de la seca.

Cerca de 50 flamencos rosados (Phoenicopterus ruser) han elegido este rincón olvidado para cumplir el ritual más frágil y hermoso de su existencia: anidar. En medio del paisaje desolado, las aves construyen con paciencia montículos de lodo que emergen como pequeños volcanes diminutos sobre el espejo de agua. Cada montículo recibe, casi siempre, un solo huevo blanco-azulado.

Desde entonces comienza un relevo silencioso: uno incuba mientras el otro se alimenta; ambos vigilan sin descanso. El resto de la colonia perm a n e c e a l e r t a , formando un círculo vivo de cuellos largos y ojos atentos. No hay ruido estridente, solo el rumor constante del viento y el chapoteo suave de patas rosadas en el lodo. Pero esa quietud es engañosa: es una estrategia de supervivencia.

La elección de Punta Molón no es azarosa. Aquí abundan los pequeños crustáceos y microorganismos que tiñen de rosa el plumaje de los flamencos y nutren a las crías futuras. La poca profundidad del agua y la estabilidad relativa de los niveles durante la sequía reducen el peligro de inundación, el peor enemigo de un nido de lodo. Sin embargo, la misma fragilidad del sitio los expone a múltiples amenazas.

Mapaches nocturnos merodean los bordes del humedal, atraídos por el olor de los huevos. Aves rapaces planean en círculos altos, esperando el menor descuido. Gaviotas oportunistas sobrevuelan la colonia, listas para robar un huevo o una cría recién nacida.

Ante cada sombra sospechosa, los flamencos responden con un movimiento coordinado: alas entreabiertas, cuellos erguidos, vocalizaciones graves que recorren la colonia como una onda invisible. La defensa no es individual; es colectiva. La incubación dura entre 28 y 30 días. Durante ese mes, los desplazamientos se reducen al mínimo. Cada pareja protege su montículo con una devoción que parece casi humana. Cuando nace el polluelo —gris, torpe, cubierto de un plumón esponjoso—, la colonia se cierra aún más. El pequeño depende del calor colectivo y de la leche rojiza que regurgitan los padres. Cualquier interrupción puede ser fatal.

Y sin embargo, la mayor amenaza no siempre viene de la naturaleza. A pocos kilómetros pasan rutas de lanchas y caminos de terracería. El ruido de un motor, el paso apresurado de una persona curiosa o el destello de un celular pueden generar pánico.

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En segundos, la colonia puede abandonar temporalmente los nidos, dejando huevos expuestos al sol abrasador o a los depredadores. Cada abandono es un riesgo que se acumula.

Aun así, los 50 flamencos siguen allí. Cada montículo de lodo que sobresale del agua es un testimonio vivo de que los humedales costeros de Campeche conservan todavía condiciones para la reproducción de esta especie icónica.

En el silencio roto solo por el viento y el graznido lejano, bajo un sol que no perdona, la colonia sostiene un ciclo que ha perdurado siglos. Punta Molón no es solo un punto en el mapa. Es un refugio precario y hermoso donde la vida rosada se obstina en continuar.

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