CAMPECHE.- La bióloga del Colegio de la Frontera Sur, Griselda Escalona Segura divisa hacia el manglar y sonríe cuando le preguntan por los flamencos que han teñido de rosa las costas de Isla Aguada en las últimas semanas.
“Es una escena que nunca cansa”, dice con esa calidez de quien ha pasado años observando aves en silencio. “Cerca de 50 flamencos del Caribe instalados en Punta Molón, justo ahora que arranca su temporada de cortejo y anidación. Eso nos dice que estos humedales todavía tienen lo que ellas buscan: agua poco profunda, salinidad perfecta y alimento a montones”.
Explica que desde diciembre comienzan los rituales de apareamiento, esos bailes sincronizados que parecen coreografías ancestrales. Conforme avanza la seca, entre marzo y mayo, las aves se congregan en sitios como este, donde el agua no sube ni baja de golpe. “Si la sequía es muy fuerte o llega un huracán y todo se inunda, los nidos de lodo se van al traste y se mueven a otro lugar. Aquí, por ahora, encuentran ese equilibrio delicado que necesitan para criar”.
Pero lo que más le apasiona no es solo contarlas, sino entender qué hacen por el lugar donde se posan. “La gente las ve como un atractivo turístico precioso, y lo son, pero son mucho más. Son ingenieras ecosistémicas. Cada flamenco filtra toneladas de agua al día con su pico curvo. Al comer microalgas, cianobacterias, diatomeas y artemia — esos crustáceos diminutos que les dan el color rosa—, regulan sus poblaciones y evitan que se desborden. Eso mantiene el agua más clara, el oxígeno circulando y la cadena alimentaria en orden. Son como filtros vivos naturales que limpian y equilibran el humedal entero”.
No se queda ahí. “Además sirven de presa para cocodrilos, aves rapaces, mapaches… sin ellas, toda esa red trófica se desajusta. Y lo más poderoso: son bioindicadores perfectos. Cuando ves una colonia sana reproduciéndose, puedes estar casi seguro de que la calidad del agua es buena, hay suficiente comida y la contaminación es baja. Si desaparecen de repente, es una alarma roja de que algo grave está pasando en el ecosistema. Su presencia aquí significa que estos humedales costeros siguen siendo productivos y resilientes. Eso beneficia a los pescadores, a las comunidades que viven del turismo ecológico y a toda la biodiversidad”.
Griselda hace una pausa y mira hacia el horizonte imaginario de la costa. “Por eso insisto tanto en el respeto. El turismo puede ser un gran aliado si se hace bien: mantener distancia de 100 o 150 metros, apagar el motor de la lancha cuando los veas, nada de gritos, música alta, drones o flashes. Ni perros sueltos, por favor. Cualquier estrés fuerte puede hacer que abandonen los nidos por horas o días, y entonces los huevos quedan expuestos al sol abrasador, al frío nocturno o a los depredadores. Si todos cuidamos, ellas siguen viniendo año tras año y nosotros seguimos disfrutando del espectáculo”.

