CDMX.- Cada 14 de febrero, el rojo se apodera de mesas, vitrinas, flores y postres en todo el mundo. Más allá de una moda comercial o una tradición heredada, la ciencia explica por qué este color intenso se ha convertido en el emblema universal del romance y por qué la gastronomía lo aprovecha para crear experiencias sensoriales inolvidables.
En la naturaleza, el rojo actúa como una señal clara de madurez y disponibilidad energética. Muchas frutas pasan de verde a rojo cuando alcanzan su pico de azúcares y nutrientes: fresas, cerezas, frambuesas, uvas y granadas son ejemplos vivos.
Ese cambio cromático, producido principalmente por pigmentos llamados antocianinas, no solo protege a la planta de la radiación solar y patógena, sino que también atrae a animales dispersores de semillas —y a los humanos—. Desde una perspectiva evolutiva, nuestro cerebro interpreta el rojo como sinónimo de “listo para consumir”, una señal biológica que ha quedado grabada en nuestra percepción.
Pero la respuesta no es solo biológica: Es también neurológica. Numerosos estudios en psicología del color han demostrado que el rojo eleva la frecuencia cardíaca, aumenta la atención visual y genera una respuesta fisiológica de excitación.

