CAMPECHE, CAMP. Bajo el sol de la sabana campechana, el tiempo parece detenerse cada año entre el 28 de enero y el 10 de febrero. La pequeña comunidad de Hool, en el municipio de Champotón, ha dejado atrás su habitual tranquilidad para convertirse en el epicentro de una de las manifestaciones de fe más profundas del sureste mexicano: la fiesta en honor a la Virgen de la Candelaria.
Más allá de los juegos mecánicos y el estruendo de los fuegos pirotécnicos que adornan las calles, el alma de esta festividad reside en un ritual que mezcla la devoción católica con la mística de la naturaleza. Miles de peregrinos provenientes de Yucatán, Tabasco y diversos puntos de Campeche no solo buscan el pequeño santuario del siglo XVIII ubicado en el cerro, sino que descienden a la famosa “aguada”.
Según la tradición oral, fue en este cuerpo de agua donde la imagen fue hallada. Hoy, la costumbre dicta que todo visitante primerizo debe mojar sus pies en sus aguas y marcarse una cruz con el lodo de la orilla. Este gesto, aseguran los lugareños, garantiza la intercesión de la virgen y el bienestar del creyente.
El interior del templo es un mosaico de gratitud. Cientos de fieles desfilan frente a la imagen sagrada portando los tradicionales “milagritos” pequeñas figuras metálicas que simbolizan peticiones cumplidas.

