Por: HÉCTOR CANTO
En política, la soberbia suele ser el prólogo del olvido. La caída de Antonio Jiménez no debe leerse como un accidente del destino, sino como una ejecución técnica ejecutada por él mismo. No hubo emboscada; hubo una serie de errores estratégicos que transformaron a un líder de bancada en un paria legislativo.
El error de cálculo: La ilusión del poder propio
Todo comenzó con un desplante de autonomía mal entendida. Al oponerse a la estrategia financiera de la gobernadora Layda Sansores, Jiménez no solo votó contra una deuda; votó contra el proyecto de infraestructura del Estado. Creyó, erróneamente, que su cercanía con Pablo Gutiérrez Lazarus le otorgaba un cheque en blanco para chantajear el presupuesto.
El resultado fue catastrófico: al no poder autorizar los recursos para Ciudad del Carmen, Jiménez no demostró fuerza, sino una incapacidad crónica para construir mayorías. Un general que no puede alimentar a su propia tropa no puede esperar lealtad.
El aislamiento: Entre la espada y la pared
La política no perdona el vacío, y mucho menos la cerrazón. Mientras Jiménez se atrincheraba en la negación, el tablero se movía sin él. El respaldo público de Gutiérrez Lazarus a la Gobernadora fue el primer clavo del ataúd; el voto a favor de Movimiento Ciudadano fue el segundo.
Jiménez cometió el pecado capital del parlamentarismo: quedarse solo en la foto. Al cortar apoyos a su propia bancada para privilegiar a su séquito, terminó por dinamitar el puente de regreso.
El acto final: La entrega de las llaves
La votación por la Mesa Directiva fue simplemente el acta de defunción. Ver a sus propios aliados abstenerse es la humillación máxima para quien ostenta el liderazgo. La pérdida del control político no fue una derrota ante la oposición, fue una implosión interna. Al final, el vacío de poder fue llenado por Movimiento Ciudadano, el invitado inesperado que terminó quedándose con la casa.
Veredicto: El liderazgo que no suma, resta; y el que resta, termina por desaparecer. A Jiménez solo le queda elegir la forma de su salida: una renuncia por dignidad o la entrega total de la Junta de Gobierno. La traición al proyecto estatal no fue un error táctico, fue una elección consciente. Y en el Congreso, las facturas siempre se cobran con intereses.

