CAMPECHE. Álvaro Daniel Rodríguez Chable personifica la memoria viva del oficio en el corazón de la ciudad. Con 71 años de edad y seis décadas dedicadas al arte de lustrar calzado, su vida ha transcurrido entre cepillos, tintas y el murmullo de la plaza pública. Para él, este oficio no es solo una forma de subsistencia, sino un legado familiar que comenzó bajo la tutela de su hermano, Joaquín Rodríguez, quien no solo le enseñó la técnica, sino que le abrió las puertas de un parque que se convertiría en su segundo hogar.
A pesar de su vasta experiencia, Álvaro sostiene que el oficio del bolero exige un aprendizaje permanente para no quedar rezagado. La industria del calzado cambia constantemente, introduciendo nuevos materiales, jabones y tintas que requieren técnicas de cuidado específicas. Para estos artesanos, cada par de zapatos representa un reto distinto, obligándolos a actualizarse en el uso de productos químicos y métodos de acabado para satisfacer a una clientela que, aunque menor, sigue siendo exigente.
Más allá de devolver el brillo al cuero, el oficio de bolero destaca por su profunda dimensión social y el intercambio humano que se genera en el banquillo. Los clientes no solo buscan un servicio estético, sino un espacio de confianza donde compartir anécdotas, preocupaciones y consejos. Esta convivencia diaria ha permitido que Álvaro y sus compañeros desarrollen una conexión especial con la comunidad, convirtiendo cada sesión de boleado en una charla amena donde el tiempo parece detenerse.
La estabilidad que caracterizaba a este sector sufrió un golpe crítico con la llegada de la pandemia de COVID-19. Durante más de un año y medio, el cierre de los parques y el confinamiento obligatorio borraron de golpe la fuente de ingresos de estos trabajadores. La ausencia de transeúntes y la clausura de los espacios públicos dejaron a los boleros en una vulnerabilidad extrema, marcando un antes y un después en la rentabilidad de una labor que solía ser próspera.
A pesar de las dificultades, los boleros reconocen que el apoyo de los distintos niveles de gobierno ha sido fundamental para su permanencia.
A través de la Secretaría de Turismo, han recibido uniformes, sombrillas y nuevos cajones que dignifican su labor. Estos insumos no solo mejoran la imagen del servicio ante el turista, sino que representan un reconocimiento oficial a un oficio que forma parte de la identidad y el patrimonio visual de la región.

