ESCÁRCEGA, CAMPECHE.– En el silencio roto solo por sollozos contenidos, Edwuar de la Cruz Ramírez Franco sostiene la fe como su único ancla en medio de la tormenta más devastadora que un padre puede imaginar: La muerte de su hijo Federico Efraín, un niño de apenas dos años que partió en un accidente aéreo cuando era trasladado para recibir tratamiento por graves quemaduras.
Con voz entrecortada, Edwuar de la Cruz relata cómo la solidaridad de las autoridades mexicanas y la embajada facilitó los trámites urgentes —pasaporte, visa humanitaria, traslados y hospedaje— permitiéndole viajar a Galveston, Texas, y concentrarse en estar al lado de su esposa Julia Araceli Cruz Vera, una de las dos sobrevivientes del siniestro, y en repatriar los restos de su pequeño.
Durante su estancia en Estados Unidos, el contacto con las autoridades locales fue constante, aunque la investigación sobre las causas del desplome de la aeronave de la Secretaría de Marina sigue en curso. La familia cuenta ahora con el apoyo de un abogado especializado, quien acompaña el proceso judicial que se prevé prolongado, en busca de claridad y justicia.
Doña Julia Araceli, madre de Federico y sobreviviente del impacto, evoca con horror aquellos momentos finales. Recuerda el aviso de turbulencia durante el descenso, seguido de un golpe súbito que la dejó inconsciente. Al despertar, se encontró hundida en el agua fría de la bahía, luchando por aire, con el oxígeno escapando rápidamente.
Recuerda que fue un rescatista quien la sacó a la superficie, en medio de un caos indescriptible de confusión y desesperación.
Pero Edwuar de la Cruz Ramírez Franco prefiere recordar a Federico no por la tragedia, sino por la luz que llevó a su vida. Lo describe como un niño extrovertido, lleno de alegría, amante del baile y con un espíritu trabajador sorprendente para su edad. El pequeño acompañaba a sus padres en sus labores cotidianas como vendedores ambulantes, empujando con entusiasmo la nevera de golosinas o ayudando con las herramientas.
Esos momentos de complicidad traviesa y servicio son los que la familia atesora para mantener viva su memoria en el corazón de quienes lo conocieron. La ausencia golpea especialmente al hermano mayor de Federico, un niño de diez años que lucha por comprender lo incomprensible en un mundo conectado por pantallas y noticias instantáneas.
Edwuar de la Cruz, recuerda cómo el menor se enteró casi de inmediato, gracias al flujo constante de información y contactos con fundaciones de apoyo. Aunque su inocencia le impide captar del todo la irreversibilidad de la pérdida, su tristeza es palpable: Federico era su compañero inseparable, su hermano mayor en juegos y aventuras diarias.
Mientras los padres permanecían en Estados Unidos atendiendo la emergencia, la angustia del hijo mayor crecía con cada día de separación.
Las llamadas telefónicas diarias fueron un hilo frágil que sostuvo a la familia unida. Ahora, con el regreso a casa, el niño parece más sereno al tener a sus padres cerca, pero el vacío en el hogar —ese espacio donde antes resonaban risas compartidas— es una herida abierta que el tiempo deberá sanar.
Este capítulo de dolor marca también el comienzo de una larga recuperación para doña Julia Araceli, quien enfrenta secuelas físicas y emocionales tras sobrevivir al impacto y perder a su hijo.
Edwuar de la Cruz confirma que buscarán atención especializada en Mérida, donde la familia intentará reconstruir su vida paso a paso, siempre guiados por la fe que los ha sostenido en los momentos más oscuros. En medio de la pena, surge un mensaje de gratitud por el apoyo recibido y una súplica silenciosa por justicia, para que la memoria de Federico ilumine el camino hacia adelante.

