CAMPECHE, CAMP. Ni la inflación ni los presupuestos ajustados pudieron contra la magia. La noche de ayer, la Avenida 16 de Septiembre y el Foro Ah Kim Pech se transformaron en un campo de batalla donde la creatividad le ganó a la carestía. Entre pasillos iluminados, miles de padres y abuelos campechanos —convertidos en los Melchor, Gaspar y Baltasar de la vida real— recorrieron los puestos con una misión clara, no permitir que la ilusión de sus hijos muriera, aunque para ello tuvieran que “romper el cochinito” o sacrificar gastos propios.
A diferencia de otros años donde las manos salían desbordadas de cajas gigantes, este 2026 la tendencia fue la resiliencia. Lo que importaba no era el tamaño del paquete, sino el hecho de que “llegaran”. La meta era el “detallito”, un paquete de plumones, un peluche o dulces que garanticen que, al despertar, el calzado de los niños no esté vacío.
En un recorrido por la zona, se pudo constatar el contraste de los precios. Mientras los puestos lucían desde bicicletas en más de 1800 pesos, carritos a control en 900, juguetes de madera y hasta consolas o celulares de última generación, el bolsillo ciudadano se inclinó por lo práctico y lo significativo.
El sentimiento en los pasillos fue unánime, la billetera pesa, pero el corazón manda. Donde antes se compraban carritos eléctricos o muñecas de marca, hoy la prioridad es el “detalle útil”. Madres y abuelas coincidieron en que la economía actual obliga a una creatividad extrema, sustituyendo los grandes lujos por artículos como sets de dibujo, plumones y libretas.
El objetivo ya no es impresionar con el tamaño de la caja, sino garantizar que la tradición no muera, manteniendo un presupuesto que, en muchos casos, apenas roza los 800 pesos para cubrir a varios niños. Incluso para los abuelos, que tradicionalmente son el refuerzo de los Reyes Magos, el panorama ha cambiado drásticamente.
Lo que antes se consideraba un regalo sencillo, como un paquete de colores de buena calidad, hoy representa un golpe de más de 500 pesos al presupuesto familiar. Esta realidad ha transformado la noche de compras en un ejercicio de malabarismo financiero, donde los adultos se ven obligados a sumar esfuerzos para que los más pequeños no noten la crisis que se vive “en el mundo de los grandes”.
Pero no todo fue austeridad; la jornada también reveló los nuevos rostros de la ilusión. Mientras los padres buscaban el ahorro, las nuevas generaciones y coleccionistas inyectaron color al recorrido, volcándose hacia tendencias modernas como las figuras “Labubu” o peluches gigantes de personajes de videojuegos. Esta mezcla entre la nostalgia de los juguetes de madera y la fiebre por lo coleccionable demuestra que, sin importar la edad o el costo, el mercado de los Reyes sigue siendo el último refugio de la magia en medio de un panorama económico incierto.

