CAMPECHE. – En una noche donde el aire fresco de la costa parecía traer ecos de antiguos piratas y marinos, el Baluarte de la Puerta de Tierra se transformó en el epicentro de un ritual de identidad y nostalgia. No fue un evento más; fue la “Serenata en el Baluarte”, el festejo de vida del bolerista Rodrigo de la Cadena, que logró lo que pocos, detener el tiempo entre los muros de piedra y el piano.
La noche no comenzó con discursos, sino con mística. Mientras el humo de los sahumerios envolvía el escenario —como un antiguo ritual hacia Ah Kim Pech, el lugar del Señor Sol—, una mujer desde lo alto de la muralla lanzaba pétalos que caían como lluvia sobre una carpa de elegancia sobria.
El escenario era una estampa del Campeche antiguo, una carreta tradicional sostenía la pantalla principal, mientras antorchas reales y velas encendidas daban una iluminación cálida que contrastaba con las piedras centenarias. Desde las siete de la noche comenzaron a llegar los invitados, lucieron la elegancia del sureste, hombres en lino blanco y mujeres con el orgullo de la blusa campechana, rebozos y collares que brillaban bajo la luz tenue.
EL RUGIDO DE LAS VOCES
La apertura quedó en manos del tenor Mauro Calderón, quien con una potencia vocal que erizó la piel, entregó piezas como “El día que me quieras” y “Júrame”. Calderón no escatimó en afecto, “Vengo a festejar la vida de un gran amigo”, sentenció antes de dejar al público hechizado.
El momento cúspide llegó cuando el festejado, Rodrigo de la Cadena, tomó su lugar frente a las teclas. La interpretación de “Yo sé que volverás” preparó el terreno para una reunión de titanes, Meny Balmes revivió el espíritu local con “El pregonero de Campeche”, y el “Rey del Bolero”, Carlos Cuevas, hizo que la muralla vibrara al ritmo de “Piel Canela”.
UN PASTEL DE PIEDRA Y ESTRELLAS
El cierre no pudo ser más emotivo, sobre el piano de Rodrigo apareció un pastel que replicaba la arquitectura de la muralla. Rodeado de su familia, amigos y un coro que entonaba las mañanitas, el músico agradeció a su tierra de la mejor manera que sabe hacerlo.
La velada concluyó con “Lloviendo estrellas”, una pieza que pareció invocar el sereno de la noche mientras De la Cadena acariciaba el piano, dejando claro que, al menos por unas horas, el Baluarte no fue un museo, sino un corazón latiendo al ritmo del bolero.

